Sexo, en la húmeda ciudad
Curioseando en la web de mi querida cuatricavernaria Universidad de San Marcos, encuentro este simpático anuncio: Hurgando en la sexualidad femenina: Estimulación sexual. Título polémico y un tanto amarillista para un artículo de Rosalyn Polanco sobre las disfunciones sexuales femeninas, que no deja de ser interesante más que todo por el análisis que importantes profesionales hacen respecto al tema, así como por hacer un breve apunte sobre la recientemente promocionada “Keiko”.
Arturo Matos en su Bitácora de Arturo, ha venido tratando el tema de la sexualidad en algunos recientes posts. Uno sobre la sexualidad femenina y su correspondiente a la sexualidad masculina.
Y a que va todo esto? En nuestro país el sexo aún es un tema tabú, cubierto por la religión, cuando no por el temor y la ignorancia, a la par que brillante en el imaginario popular. Sin embargo, en los últimos años se ha dado una apertura “extraoficial” a la sexualidad. Como diría Marco Aurelio Denegri “se practica más sexo”. Pero se conoce muy poco del mismo.
Y no sólo de los comportamientos y caracteres sexuales, sino de la propia salud reproductiva. El propio Estado se ha decidido a enfocar sus esfuerzos en la prevención de los embarazos no deseados, pero no en el desarrollo de una autentica cultura sexual.
Ante esto, cito el artículo que aparece en la web de San Marcos:
Podemos considerar el momento actual como una época en que crece entre las poblaciones urbanas occidentales el conocimiento acerca de la sexualidad femenina. En círculos educados, entre los medios laborales generalmente urbanos e ilustrados, la mujer comienza a ser considerada mucho más que un sistema reproductor. Pero todavía estamos lejos de alcanzar una cierta homogeneidad en estas consideraciones. En círculos universitarios es posible que las ideas al respecto fluyan como en París o Dinamarca; pero también es cierto y lamentable que en los arenales de Lima la mujer peruana recibe un trato tan indigno como el que le dan los talibanes a sus esposas en Afganistán.
Al parecer aún se cree que “estamos bien”. Que se dé una afirmación de tal categoría (equiparar a Lima y sus universitarios con sus pares de París o Dinamarca) denota cuán atrasados podemos ser, y aún asi reconocernos “superiores”. La autora al parecer olvida que se censura en este país, en esta ciudad, y en esta comunidad de universitarios cuasi europeos, el acceso a métodos anticonceptivos modernos, por poner un ejemplo. Para mayor detalle, aún no existe un claro reconocimiento de que uno (o una) posee derechos sexuales.
Estos derechos son comunmente los siguientes:
* El acceso al mayor estándar posible de salud, en relación con la sexualidad, incluyendo servicios de salud sexual y reproductiva.
* Buscar, recibir e impartir información en relación a la sexualidad
* Educación sexual
* Respeto por la integridad corporal
* Elección de pareja
* Decidir ser o no ser sexualmente activo
* Relaciones sexuales consensuadas
* Matrimonio consensuado
* Decidir tener o no tener, y cuándo tener hijos
* Ejercer una vida sexual satisfactoria, segura y placentera.
¿Cuanto sabemos de nuestros propios cuerpos? ¿Cuanto de los deseos, necesidades, de la pareja? ¿Cuanto sobre salud reproductiva, sobre métodos anticonceptivos, sobre técnicas de reproducción asistida? ¿y cuanto quieren el Estado y otras instituciones que sepamos de estos temas? ¿Se imparte educación sexual acaso?. El sexo no es, Marco Aurelio dixit, la cópula simple, monda y lironda, sino una relación social, enclavada en la vida, en la que (si pues) uno tiene que saber qué hacer, cómo hacer, y por qué hacer ciertas cosas. Si pocos sabemos esto, y aún así creemos que estamos “bien”, quiere decir que aceptamos la ceguera y la censura; que aceptamos que algunos posean beneficios, que pocos gocen auténticamente de sus derechos reproductivos, y que el resto siga en la oscuridad, sea porque son “habitantes de los arenales” o porque no son universitarios.
Lima es la ciudad de los mil hostales, cuyos jóvenes (si, nosotros) gozamos de la nula educación sexual que se nos brindó amablemente. La desinformación sumada a los prejuicios nos lleva no sólo a la contínua afirmación del error, sino peor aún, a la inercia del creer que “estamos bien”.
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