Los intelectuales y el poder era el tema puesto en debate a raiz de un sondeo propalado por una revista limeña. Sin embargo, vista la situación real del país, los que necesitan de un análisis son los intelectuales del poder. Parece una distinción meramente semántica aunque, en realidad, una cosa es un intelectual premunido de su bagaje académico y personal el cual se manifiesta libremente frente a las circunstancias de la vida cotidiana; y otra muy distinta es el intelectual cooptado por el poder de turno.
Entonces, mientras uno de ellos se enfrenta a un tema de manera neutra y científica, el otro está “dentro” del conflicto, es parte de uno de los sujetos del problema. Comparte no las preocupaciones de una colectividad nacional, sino que explora las necesidades de un grupo de interés específico (gobierno, partido político, empresas). En esta forma de ver las cosas, uno de ellos, el vinculado, presta un servicio que al ser ofrecido al público pasa como un aporte necesario, cuando en realidad es un acto de soporte y propaganda.
Un intelectual medianamente reputado y sobre todo congruente con su propio desarrollo profesional no necesita arrendar sus análisis y estudios para coincidir con las necesidades, los requerimientos del gobierno. En buena parte de eso trata el ser un intelectual: ofrecer una visión libre y alterna que bien puede ser o no feliz de cara a las necesidades de un poder establecido, pero que siempre es oportuna en cuanto se convierte en testimonio libre del acontecer actual de una nación.
Ciertamente es fácil ofrecer credenciales académicas para brindar soporte al poder instituido. Siempre habrá quien se atreva a defender lo indefendible. Por ejemplo, como se ha visto hace poco, un reputado miembro de la Pontificia Universidad Católica señalaba con mediana seguridad que son las ONGs (y no el gobierno) las responsables del incremento de conflictos sociales, una opinión oportuna para ciertos fines, aunque muy poco rigurosa como conclusión científica.
Así visto, la tentación perenne de “aterrizar las propuestas” es un canto de sirenas que parece ser defendido ahora como en otras oportunidades. Lo cierto es que una cosa es ser un intelectual, y otra ser un think tank ambulante, un prestador de servicios que presente clientes satisfechos, gobernantes seguros, como carta de presentación y ya no una obra estrictamente académica. Peor aún, termina diluyéndose la definición que separa a un intelectual de un spin doctor, de un propagandista del momento o un simple ejecutor del lip service. La “propuesta aterrizada” y la defensa del nuevo intelectual son el salto de garrocha con el que finalmente la intelectualidad escapa del escrutinio de los pares, de la rigidez académica y ciertamente de la anacoresis para ofrecer obras, proyectos concluidos, cifras oficiales y ciertamente fama. Así, el riesgo no es el modelo norteamericano de compartimientos estanco, sino la aparición de innumerables espontáneos contratados que sirvan de coro griego, con lo que desaparecería la figura actual del intelectual y su entorno, para ofrecernos el mundo del intelectual-prestador de servicios.
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1 septiembre, 2009
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05-09-2009 - 13:35
Comentarios a este artículo
02-09-2009 5:14
RT @apuntesperuanos Los intelectuales del poder: http://bit.ly/u85Rr
02-09-2009 12:05
Muy bien, el termino inteletual dekl poder es mas explicito que lo que yo propongo como intelectual funcional.
Saludos
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